Homilía XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B (16 de septiembre de 2018)

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Ciclo B
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Homilía XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B (16 de septiembre de 2018)...

 Homilía XXIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B
16 de septiembre de 2018

 


Comentando las Lecturas de Hoy...
La Cruz: el precio de una vida mejor

Isaías 50, 5-9a;
Santiago 2, 14-18;
Marcos 8, 27-35

En el Evangelio del domingo anterior, Jesús prohibió al sordomudo ya curado, que contara a la gente sobre aquel milagro. Explicábamos que dicha prohibición radicaba en el peligro que existía de deformar la obra de Jesús, de olvidar que vino a realizar el Reino por el camino de la humildad, el silencio y la cruz. En el Evangelio de hoy, el Señor nos presenta una de las realidades cristianas más incomprensibles y más difíciles de aceptar para todo ser humano. En efecto, nos dice el Señor: “Si alguno quie​re venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sí​ga​me”.



Sin duda que estas palabras son muy duras en nuestros tiempos, y más aún cuando Jesús agrega que el que quiera salvar su vida, la perderá. La gente de nuestros tiempos no quiere invitaciones a aceptar y cargar con una cruz, mucho menos a morir. Se busca la fuente de la juventud, cómo verse 10 años más joven y cómo quitarse el dolor y el sufrimiento de encima. Hay un evangelio de la prosperidad con el que algunos predicadores estafadores se están aprovechando de esta mentalidad de la gente para hacerse cada día más millonarios, ofreciendo felicidad y prosperidad económica a sus seguidores a cambio de pactos y cosas parecidas. De hecho hay una secta por ahí cuyo slogan es "PARE DE SUFRIR". Los portales y canales de Youtube y las redes sociales están llenos de técnicas de relajación y cosas parecidas, para lograr vivir una vida relajada, feliz, sin cruz. Esto contrasta mucho con el evangelio de hoy, ese "Pare de sufrir" no concuerda mucho con "Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". 

El hombre de nuestros tiempos huye del dolor, no quiere sufrir. Aquellos tiempos de los sacrificios corporales para conseguir dominio de sí y santificarse, parecieran haber terminado. Aquellos grandes santos que se auto flagelaban para dominar su carne, parecen ser parte de una historia muy lejana, cuentos medievales, porque ahora muchos servidores de Dios viajan en carros de lujo y viven en grandes mansiones, porque el hombre no quiere sufrir y huye del dolor. Pero en la vida práctica las cosas no funcionan. Porque por todas partes, en toda circunstancia nos acecha el sufrimiento. Él se aposenta en la casa de los pobres. Disfrazado de miedo, de soledad, de desconfianza… se cuela en las mansiones de los ricos, vigiladas por vallas electrónicas. El sufrimiento, las cruces, se cuelan por todas partes, en todas las clases sociales, en todos los niveles. La cruz se nos ofrece por todas partes.

Sin embargo, el Señor nos descubre que la cruz no sólo es el camino hacia la salvación, sino hacia la realización personal. Suprimamos la cruz de la vida de los grandes cristianos y todo su andamiaje se nos vendrá por tierra.



Tampoco es cierto que tengamos que aceptar cuanto dolor se nos ponga en frente y que por eso la esposa debe ser sumisa sin razón y aguantar a un esposo maltratador, borracho y sinvergüenza. O tolerar a un dictador que oprime a un pueblo sin razón más que el simple deseo de poder y dominio. No es cierto que, por la simple razón de que Cristo nos haya dicho que debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle, debemos tomar toda cruz que se nos presenta en el camino El  Evangelio no prohíbe luchar contra el dolor, aunque nos invita a iluminarlo. A descubrir entre todas las cruces que nos salen al camino, aquella o aquellas que son las nuestras. Y a recibirlas con cariño. Como lo hizo Jesús.

Cuentan que un hombre un día le dijo a Jesús:

- "Señor: ya estoy cansado de llevar la misma cruz en mi hombro, es muy pesada y muy grande para mi estatura".

Jesús amablemente le dijo:

- "Si crees que es mucho para ti, entra en ese cuarto y elige la cruz que más se adapte a ti"

El hombre entró y vio una cruz pequeña, pero muy pesada que se le encajaba en el hombro y le lastimaba, buscó otra pero era muy grande y muy liviana y le hacía estorbo, tomó otra pero era de un material que raspaba, buscó otra, y otra, y otra.... hasta que llegó a una que sintió que se adaptaba a él. Salió muy contento y dijo:

- "Señor, he encontrado la que más se adapta a mi, muchas gracias por el cambio que me permitiste".

Jesús le mira sonriendo y le dice:

- "No tienes nada que agradecer, has tomado exactamente la misma cruz que traías, tu nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas soportar porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida"

Aseguraba el Maestro que él no tenía una piedra para reclinar la cabeza. Sin embargo, el evangelista anota que a la hora de morir «inclinando la cabeza, entregó su espíritu». Su cruz se le convirtió aquella tarde en apoyo. Y en pasaporte para ingresar a la gloria. Entonces es necesario aceptar nuestra cruz. ¡Tantas veces la hemos rechazado! Pero ella regresa cada tarde, con la terca intención de acompañarnos.

Nuestra cruz es el precio de una vida mejor y perdurable. Aunque resulte incomprensible, es así. Pedro no comprendió inicialmente aquel anuncio de Cristo, cuando dijo que iba a morir en cruz. Por eso Jesús en el Evangelio de hoy le reprende duramente. Pero al final, el mismo Pedro muere gustosamente por su maestro, crucificado cabeza abajo. 

Si la cruz que ahora cargamos no tiene sentido, a lo mejor lo que sucede es que vamos cargando con una cruz sin Cristo, y así se vuelve muy pesada; pero no significa que no sea la nuestra o que supera nuestras fuerzas.

Cuentan que San Martin de Porres decía: "Cuando veo tu cruz, Señor, ¡Qué liviana se hace mi escoba!... 

Recuerda, nuestra cruz es el precio de una vida mejor y perdurable...

 

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BIBLIOGRAFÍA:  Armando J. Levarotti, Comentario Bïblico Latinoamericano;  Juan José Bartolomé, El Corazón de la Palabra, Ciclo B; Guillermo Gutiérrez de Andrés, Hablaré de Ti a mis hermanos, Ciclo B; Fidel Aizpurrúa Donazar, La Homilía Dominical, Ciclo B;  Gustavo Velez & Mari Patxi Ayerra, Homilía y Oración, Ciclo B



Homilía del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap 

Los tres [evangelios] sinópticos refieren el episodio de Jesús, cuando en Cesarea de Filipo preguntó a los apóstoles cuáles eran las opiniones de la gente sobre Él. El dato común en los tres es la respuesta de Pedro: «Tú eres el Cristo». Mateo añade: «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) que podría, si embargo, ser una manifestación debida a la fe de la Iglesia después de la Pascua.

Pronto el título «Cristo» se convirtió en un segundo nombre de Jesús. Se encuentra más de 500 veces en el Nuevo Testamento, casi siempre en la forma compuesta «Jesucristo» o «Nuestro Señor Jesucristo». Pero al principio no era así. Entre Jesús y Cristo se sobreentendía un verbo: «Jesús es el Cristo». Decir «Cristo» no era llamar a Jesús por el nombre, sino hacer una afirmación sobre Él.

Cristo, se sabe, es la traducción griega del hebreo Mashiah, Mesías, y ambos significan «ungido». El término deriva del hecho que en el Antiguo Testamento reyes, profetas y sacerdotes, en el momento de su elección, eran consagrados mediante una unción con óleo perfumado. Pero cada vez más claramente en la Biblia se habla de un Ungido o Consagrado especial que vendrá en los últimos tiempos para realizar las promesas de salvación de Dios a su pueblo. Es el llamado mesianismo bíblico, que asume diversos matices según el Mesías sea visto como un futuro rey (mesianismo real) o como el Hijo del hombre de Daniel (mesianismo apocalíptico).

Toda la tradición primitiva de la Iglesia es unánime al proclamar que Jesús de Nazaret es el Mesías esperado. Él mismo, según Marcos, se proclamará tal ante el Sanedrín. A la pregunta del sumo sacerdote: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?», Él responde: «Sí, lo soy» (Mc 14, 61 s.).

Tanto más, por lo tanto, desconcierta la continuación del diálogo de Jesús con los discípulos en Cesarea de Filipo: «Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él». Sin embargo el motivo está claro. Jesús acepta ser identificado con el Mesías esperado, pero no con la idea que el judaísmo había acabado por hacerse del Mesías. En la opinión dominante, éste era visto como un líder político y militar que liberaría a Israel del dominio pagano e instauraría con la fuerza el reino de Dios en la tierra.

Jesús tiene que corregir profundamente esta idea, compartida por sus propios apóstoles, antes de permitir que se hablara de Él como Mesías. A ello se orienta el discurso que sigue inmediatamente: «Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho...». La dura palabra dirigida a Pedro, que busca disuadirle de tales pensamientos: «¡Quítate de mi vista, Satanás!», es idéntica a la dirigida al tentador del desierto. En ambos casos se trata, de hecho, del mismo intento de desviarle del camino que el Padre le ha indicado –el del Siervo sufriente de Yahveh- por otro que es «según los hombres, no según Dios».

La salvación vendrá del sacrificio de sí, de «dar la vida en rescate por muchos», no de la eliminación del enemigo. De tal manera, de una salvación temporal se pasa a una salvación eterna, de una salvación particular –destinada a un solo pueblo- se pasa a una salvación universal.

Lamentablemente tenemos que constatar que el error de Pedro se ha repetido en la historia. También determinados hombres de Iglesia, y hasta sucesores de Pedro, se han comportado en ciertas épocas como si el reino de Dios fuera de este mundo y debiera afirmarse con la victoria (si es necesario también de las armas) sobre los enemigos, en vez de hacerlo con el sufrimiento y el martirio.

Todas las palabras del Evangelio son actuales, pero el diálogo de Cesarea de Filipo lo es de forma del todo especial. La situación no ha cambiado. También hoy, sobre Jesús, existen las más diversas opiniones de la gente: un profeta, un gran maestro, una gran personalidad. Se ha convertido en una moda presentar a Jesús, en los espectáculos y en las novelas, en las costumbres y con los mensajes más extraños. El Código da Vinci es sólo el último episodio de una larga serie.

En el Evangelio Jesús no parece sorprenderse de las opiniones de la gente, ni se retrasa en desmentirlas. Sólo plantea una pregunta a los discípulos, y así lo hace también hoy: «Para vosotros, es más, para ti, ¿quién soy yo?». Existe un salto por dar que no viene de la carne ni de la sangre, sino que es don de Dios que hay que acoger mediante la docilidad a una luz interior de la que nace la fe. Cada día hay hombres y mujeres que dan este salto. A veces se trata de personas famosas –actores, actrices, hombres de cultura- y entonces son noticia. Pero infinitamente más numerosos son los creyentes desconocidos. En ocasiones los no creyentes se toman estas conversiones como debilidad, crisis sentimentales o búsqueda de popularidad, y puede darse que en algún caso sea así. Pero sería una falta de respeto de la conciencia de los demás arrojar descrédito sobre cada historia de conversión.

Una cosa es cierta: los que han dado este salto no volverían atrás por nada del mundo, y más todavía, se sorprenden de haber podido vivir tanto tiempo sin la luz y la fuerza que vienen de la fe en Cristo. Como San Hilario de Poitiers, que se convirtió siendo adulto, están dispuestos a exclamar: «Antes de conocerte, yo no existía». 


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